26 diciembre 2006

El lector puro

Creo que fue Borges el que acuñó este término, no estoy del todo seguro. Tampoco sé a ciencia cierta a qué se refería con él. Lo leí una vez pero ya hace tiempo que se hundió o disipó entre la ingente cantidad de información que recibimos cada día. No lo recuerdo, es curioso. Aún recuerdo el término pero no la significación que le daba Borges, sé que lo aprendí pero ahora no consigo diferenciar lo que yo añadí a ese concepto, inventado, de lo que era originario del autor o de lo que recuerdo que pensé de la idea. Una profesora me dijo una vez que la cultura es aquello que queda cuando olvidamos todo lo que hemos aprendido. Aunque tampoco consigo recordar si parafraseaba a alguien o era de su propia cosecha, ni siquiera sé si la interpretación de esa frase por mi parte era igual que por la suya. Y es que nunca puedes estar seguro de que lo que escribes o dices sea completamente original, es casi seguro que alguien antes que tú ya lo habrá dicho.

Actualmente en el planeta somos más de seis mil millones de personas, nunca ha habido tantos seres humanos a la vez sobre este planeta. Además debemos contar con toda la historia previa de la humanidad, aunque solamos constreñir nuestra visión a la parte occidental. Aún así, ciñéndonos sólo a los países desarrollados y su historia somos más gente que en cualquier otro momento histórico. Muchas cabezas pensantes en definitiva. Simplemente por un efecto estadístico se podrían dar dos pensamientos completamente idénticos en dos personas completamente diferentes sin ningún nexo de unión. Digan lo que digan estamos en la época en la que más consumo de palabra escrita ha habido. Puede que se limite a diarios deportivos, SMSs y revistas del corazón; pero el número de personas alfabetizadas es ingente tanto en términos absolutos como relativos. Pero no es sólo eso, gracias a esa misma alfabetización y a las facilidades técnicas el escribir es ahora más que nunca un ejercicio sencillo – y no me refiero a la calidad de lo escrito – realizado por el mayor número de gente en la historia. Estoy convencido que en un año se escribe más que en toda la historia anterior de la humanidad hasta el siglo XIX, o le debe andar cerca. No debemos abrumarnos ante tamaña cantidad de información porque ya están las empresas de distribución de información (léase editoriales) prestas a seleccionar qué debe ser leído para nosotros, gracias a sus periódicos y demás medios capaces de influir en sectores más o menos grandes de la opinión pública.

Dada esta situación no es difícil imaginar esa duplicidad de pensamientos, bien sean contemporáneos o duplicidades históricas. Porque es igualmente difícil conocer todo lo escrito desde el comienzo de la historia, por mucho que uno ha leído siempre se quedan cosas fuera. Además cualquier solapamiento de ideas en estos casos es demoledor. Aunque me queje de lo comercial que es el mundo literario se supone que sólo trasciende lo grandioso, lo mejor, lo más excelso, al menos lo que se acuerda como tal. En esa situación se ve la propia tarea como fútil, aparece siempre la duda de por qué escribir algo que ya otro hizo y además mejor. Alguien dijo que quizás consiste en eso en contarlo a tu manera, porque tienes que escribirlo. Tal vez sea un consuelo para el que tenga ciertas cualidades y habilidades pero para otros no, no para los que acrecemos de ellas.

Hay quienes tenemos la habilidad e incluso un dominio moderado de la técnica, pero siempre nos faltará esa chispa, ese don, la musa, que separa a los diletantes de los talentosos. Casi es la misma situación que definía Sherlock Holmes respecto a su hermano Mycroft, aún siendo superior a él le faltaba ambición y energía. Determinada característica, esa energía, que te haga brillante, conmovedor y así perdurable. Esto suponiendo el dominio de la técnica y la habilidad. Si no es así, la situación es todavía más angustiosa. Hay que imaginar entonces a un niño, un niño orondo, gordo, con la cara pegada eternamente al escaparate de una pastelería, salivando por lo que allí ve. Desea y aprecia de verás los dulces expuestos pero es incapaz de fabricarlos.

Quizá hay un problema en que el niño no suele representar a la mayoría de émulos de escritores. En su arrogancia se permiten pensar que pueden firmar algo comparable a lo que admiran. Como en todos los escritores noveles los primeros escritos son lamentables. Como la mayoría de los malos autores no nos damos de ello, seguros con nuestra altanería de que el simple acto de crear da cierto valor a los indignos abortos que alumbramos. Pero es peor todavía cuando no se es consciente y nos empeñamos en hacer públicos esos excrementos literarios por diversos medios, colgándolo en la Red para autocomplacerse o llegando a autoeditarse.

Los resignados al final se convierten en lectores puros, acercándose a la literatura sin prejuicios, sin esperar nada, sólo queriendo encontrar lo que no pueden crear. Deseosos de vivir lo ajeno, de sentir lo extraño, sin crítica, sin muros de esnobismo, sin celdas de academicismo. Ya sin crear nada, construyendo sólo a partir del texto de otro. Desechando lo irrelevante y anodino y apropiándose de lo brillante y conmovedor hasta olvidar que lo han leído.

Creo que cada día soy más puro a pesar de mis esfuerzos.

15 agosto 2006

80 kilómetros por hora.

80 kilómetros por hora.

Un renoult 19, la vehemencia de un verdugo que a 80 kilómetros por hora ejecuta el desiderátum del reo de vida que lleva a su lado;
Mirando al horizonte se va desatando el norte, mientras el renoult 19 incide intensamente desde alta montaña hacia las entrañas de la libertad…

No se me ocurre otra situación que describa mejor la eternidad.

La eternidad no es el tiempo, no se traduce en una vida perpetua, no es un después, simplemente es un gerundio. Infinito no existe porque no cabe, porque se traza un límite que lo contiene todo, que nos contiene. No podemos hablar de eternidad en base a la muerte ya que esta no es más que una caja fuerte sin código donde se guarda lo frágil de la vida.

La única forma de trascender en el tiempo consiste en trascender en el presente, en evitar que se escape. Existía alguien cuyo tormento era el de desvanecerse, el de desintegrarse en el olvido, tenia miedo de que sus pensamientos se perdieran disipándose con la saliva, con el fin. Un día el mar arrancó impetuosamente de una piel impúdica la esencia más pecaminosa de su sangre y desde entonces el mar lo contiene, lo hizo eterno, cabalgando a 80 kilómetros por hora.

17 julio 2006

La inmortalidad y la moral

Keats, el poeta, dijo que su nombre estaba escrito en el agua.

Vivimos en una época en la hay mucho de todo, donde es imposible encontrar algo único que no sea una mera muesca en el cañón de la estadística. Cualquier ejemplar, es sólo eso, un ejemplar de los muchos que hay repartidos por el mundo. En realidad da igual lo original o poco común que sea, ineludiblemente formará parte de algún grupo o conglomerado. Siempre habrá ejemplares, si no idénticos, sí muy parecidos hasta poder decir que son iguales. Es extremadamente difícil quebrar el molde y sobreponerse como un espécimen diferenciado de los demás. No me refiero a la autoconciencia, al hecho de considerarte a ti mismo como un ente individualizado y diferente al resto.

Así pasan los días, indolentes, planos. Escabuyéndose para luego darnos cuenta de que se han ido, es entonces cuando parece que no era suficiente el tiempo concedido. Como cuando en la playa recoges un puñado de arena y al abrir el puño ves que no quedan mas que unos pocos granos. Pasan los días esperando hacer algo con la vida, que pase algo en la vida, que se levante la inamovible bruma de insensibilidad. Hay quien busca remedio y consuelo en la fama momentánea y efímera que puede durar toda una vida pero quedar enterrada en los abismos de la historia. Creo que este es el motivo de que aparezcan tantos personajes en tantos medios y campos, ocupando y amontonándose sobre periódico, imágenes y bits de información. Saturando.

No obstante puede ser un buen método para conseguir esa preciada inmortalidad, el ser recordado después de desaparecer, el ser rememorado cuando no quede nadie que te recuerde. Algunos quizás busquen esa ansiada salida de la lista de los olvidados. Tal vez entre la ingente cantidad de información que se produce cada día merezca la pena conservar algo de ello y a su autor. Un rescate in extremis para la posteridad. Dado que somos muchos, demasiados, en este planeta simplemente por leyes estadísticas habrá muchos que ya hayan conseguido su hueco. No serán tantos como pensamos pero sí más de lo que nos imaginamos. Es bien cierto, que dar ese breve resplandor que te de acceso a ese parnaso dorado depende de algo más que la calidad artística, influye más el estipendio interpuesto en los sacerdotes correctos. Pero de esto hablaremos otro día.

Tradicionalmente había tres modos de pasar a la inmortalidad, a saber: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. El primero de estos es de acción muy limitada pues se basa en el recuerdo y en la perpetuación de los genes, una aplicación muy naturalista y un tanto mecanicista. El segundo método es igualmente limitado pues no implica poner nada y queda a la discreción del siguiente alcalde faraónico o especulador inescrupuloso. Parece ser entonces, por eliminación, que sólo queda el tercero, pero cómo he dicho – y que comentaré en otra ocasión más detenidamente – las fuerzas que determinan el paso a la posteridad por el arte están demasiado dispersas, muchas veces azarosas cuando no directamente mercenarias. Además no poseo la habilidad ni la calidad suficiente siquiera para entrar en competición, de lo que esta bitácora ofrece silencioso testimonio.

Por supuesto no creo en las tradicionales soluciones religiosas, digamos que no convencen demasiado y no son muy lógicas, además carecen de causas, motivos y les faltan explicar muchas, demasiadas aspectos oscuros y poco claros.

Puede que hubiese una cuarta manera de alcanzar la trascendencia. Se da cuando tu nombre es recordado por tus actos, por tu importancia en los hechos de la Historia. Sin embargo, aquí de nuevo me topo con la falta de poder inherente a mi condición. Tampoco poseo el dinero ni la capacidad de movilizar ejércitos. Carezco además de la influencia que ciertas personas han arrajoda a lo largo de la historia. Influencia carismática que les ha hecho merecedores de miles o millones de seguidores, influyendo y mucho en sus vidas.

De aquí no puedo derivar la capacidad para cambiar el mundo, sería necesaria alguna de las anteriores características, si no todas. Se puede participar en un cambio pero siempre será dirigido, orquestado o refrendado por individuos con las cualidades que se han comentado antes. Cuando los que las poseen no trabajan para el otro lado, para mantener las cosas tal y como están o en acomodo para sus propios intereses. Triste.

No obstante todos, o casi, tenemos el convencimiento de querer cambiar las cosas para mejor, estoy seguro de ello. La lástima es que un enfrentamiento con las poderosas fuerzas del sistema no llevan más que a un olvido por parte de los poderosos, o más cruelmente al cambio de uno mismo; no sólo no se puede cambiar el mundo, éste te cambia a ti mismo. Ante este panorama ya mucha gente se ha rendido, se ha replegado tras sus propias filas y sólo intenta que el mundo no les cambie.

También me resisto a ello, a vivir de forma pasiva, intentando conservarte inmaculado, lleno de creencias vacuas e inaplicables. Refugiado en una torre inexpugnable, pero sin posibilidad de modificar o cambiar nada. Creo que la solución está en lo que ya dijo un autor, literato no filósofo, curiosamente, compórtate de manera que a juicio de los demás no debas morir. Ese es el consuelo para las tropas de a pie, para la infantería sufrida y voluntariosa que sotiene las acciones y los pensamientos de los “poderosos”.

Para mí la clave está en vivir con dignidad, al margen de las circunstancias. Con gravedad, decoro, pundonor, mesura, honradez. Es difícil precisar lo que entiendo por dignidad al margen de consideraciones nobiliarias y clasistas, pero pienso que la lista de sustantivos ayuda a precisar lo que quiero decir. Como dijo aquel todos sabemos lo qué es una cosa hasta que nos piden que la definamos.

Tampoco basta con ser digno uno mismo, se debe intentar que lo sean los demás, sin imponer y sin proselitismos. Por supuesto sin confundir la virtud con el largo de un trozo de tela o el sexo. Sólo así tal vez cuando llegue la hora se pueda permancer de pie, como los valientes, aunque se esté aterrado se la mire a los ojos y la propia Muerte sienta congoja y remordiemiento por hacer su trabajo.

Mi nombre ni siquiera está escrito

31 mayo 2006

Puta nocturnidad.

Lo que viene a continuación no es demasiado trascendente pero al fin y al cabo supone matar de cerca y aquí, es de lo que se trata.

Cuando la madrugada se muestra impía siempre atrapa a un alma negra para sufrirla. El insomnio se muestra insidioso arrastrándola hacia la desoladora barra de bar de las típicas canciones, o en ciertos casos la empujan ante la pantalla de un ordenador adormecido (esto también suele darse a menudo).

El alma negra se pregunta si alguien más se ha sentido alguna vez perseguido por algún fantasma creado por él mismo, o es ella la única que baila la condena de ser. Quizá porque siempre fué penitencia cuando quiso ser pecado...

Letras surgidas hace años
levitando en el áspero espacio
de una noche sombría.

Una boca,
quizá 1275 días antes,
discrepando sola.
La misma boca,
tras 1275 días después
libando de la osada intersección
aquello que el lenguje no abarca,
provocando así
la divergencia de la carne.

Volverá al áspero espacio llevándose el mismo miedo, quizá la anterioridad hasta hace 1275 días. Seguirá matando de cerca la puta nocturnidad.

2:30 de la madrugada.

18 mayo 2006

Sobre las cortes y otros milagros

Hace unas semanas fui de viaje a Ciudad Real, en tren, por supuesto, en las modernísimas lanzaderas de alta velocidad de las que tanto se quejan los vecinos de Ciudad Real, como si fuese una afrenta su honor el no disponer de un AVE directo a la capital. En Atocha nos indicaron el andén en el que esperaba el tren, que no era el mismo de siempre, pero no somos nadie para cuestionar las decisiones logísticas de la compañía. Lo primero que noté fue un incremento considerable en la presencia policial habitual, pero tampoco le di más importancia, luego subí al vagón y me acomodé en mi asiento, todavía quedaban unos quince minutos para que partiese. ¿Sabéis la sensación de ver a una persona y reconocerla pero no poder ubicarla? ¿Y cuando lo haces te das cuenta de que es porque la ves a menudo en televisión y parece como si siempre hubiese estado en el comedor de tu casa? Eso ocurrió, un nutrido grupito de periodistas, contertulios además en críticos programas sobre miradas a la actualidad.


No pude observarles mucho porque llegó un revisor que nos mandó bajar y que cambiásemos de tren. El caso es que las doscientas personas que éramos cambiamos de andén y nos volvimos a sentar. Ahí es donde pude escuchar con más detenimiento a los periodistas. Primero eran incapaces de reclinar su asientos, menos mal que han estudiado una carrera y hay que tener una habilidad especial para tumbarlos. Segundo desconocían totalmente en qué tipo de tren iban, algo normal por otro lado, sólo se le podría exigir a alguien que tomase regularmente esa línea, pero lo grave es que estaban “informándose” unos a otros sobre las bondades de uno y otro modelo de tren, el de Toledo y el de Ciudad Real, cuando son completamente iguales, es el mismo tipo de lanzadera. Espero que en el desempeño de su trabajo se informen un poco mejor, aunque bien mirado eso podría explicar las barrabasadas que se comenten en algunos artículos.


Sin embargo había otras actitudes que eran cuando menos hilarantes. Por ejemplo la tendencia a la coprofagia. Un cura que conocí hace tiempo no hacía más que repetir cuando se enfadaba que se cagaba en dios. Estos mercenarios de las letras también, criticando y despellejando a los políticos de turno. No vayamos a pensar que eran unas críticas sesudas armadas sobre los cimientos de unos argumentos incontestables, no, qué va. Más bien se parecían a los animados debates entre dos vecinos criticando a un tercero o a las conversaciones de la peluquería destripando las intimidades de otras parroquianas no presentes. Lo dicho, esparciendo mierda en lo que les da de comer.


El viaje pasó rápido y sin muchas molestias, porque parece que la advertencia de no usar el teléfono móvil salvo en el espacio entre vagón y vagón no es de aplicación para estos periodistas o los numerosos hombres de negocios que se pasan el viaje parloteando cuando no gritando porque no hay cobertura en medio del campo. Cuando llegamos a Ciudad Real de nuevo un despliegue policial que presagiaba la llegada de por lo menos un ministro.


Una hora después en la Plaza Mayor presidida por su ayuntamiento de cristal y hormigón gótico entendí la razón de tanto movimiento. El insigne candidato de la oposición había llegado con la intención de recoger firmas en contra de la tramitación del estatuto de Cataluña. Allí estaba siendo jaleado por la gente, aplaudido a cada paso que daba, y él con gesto de suficiencia moviéndose a través de la masa. Como esperando recibir todo ese loor de multitud, como si fuese su derecho, otra cosa hubiese estado fuera de lugar. Aunque a veces se dibujaba en su rostro, fugaz, la sensación de superioridad y perdonavidas de los déspotas.


Hemos pervertido la vida pública. Los políticos ya no se dedican a solucionar los problemas de los ciudadanos, si alguna vez lo hicieron. Como en tiempos de dictadores, tiranos y reyes, cuando bajan a reunirse con el pueblo es a darse un baño de multitudes, no quieren escuchar, no quieren observar, prefieren que les animen, las palmaditas en la espalda. Ya están ellos para velar por sus propios intereses, o los intereses de quienes les han puesto ahí o tienen un especial agrado en que salga elegido uno u otro. Los grupos de presión.


Antes se saltaban la ley ahora lo que hacen es untar al politicastro de turno, que quiere aferrarse a su puesto cueste lo que cueste, o más sutilmente convertirse en colaborador, asesor u opinante. Así no se tienen que saltar la ley, la cambian y arreglado. Ya se encargarán de pagar a esos mercenarios de la tinta. Ya irán detrás los periodistas criticando o escribiendo proclamas latréuticas, dependiendo de quien cotice. Ya se encargarán de decidir qué es importante que conozcan los ciudadanos y que no, en qué deben pensar, o incluso qué deben pensar. Todos se critican arrojándose las palabras como si fuesen lanzas o flechas, pero ninguno se dedica a criticar la propia función política. Se destrozan unos a otros vilmente, pero no reflexionan sobre si mismos, da igual el color, ahí están para chupar del bote. No morderán nunca la mano que les da de comer, no ha lugar a esa reflexión, dirán que no entra dentro de sus competencias, es cosa de pensadores o filósofos.


Pues a mí me parece que para enterarme de las leyes y de la política sólo hace falta leer los diarios de sesiones y los boletines oficiales. Pero claro ya están ellos para decirnos lo que es importante, seleccionando las mejores jugadas, como si de una moviola deportiva se tratase.


Al final es asunto de que los políticos forman sus propias cortes, disfrutando de su propio poder. Amalgamando a los más dispares seres a su alrededor que se regodean también en la influencia que tienen sobre los poderes o lo que puedan vislumbrar sobre ellos. A lo mejor tendríamos que hacer pruebas de acceso para los políticos, no sólo a los cargos electos, y quizás deberíamos pensar más y dejar de conformarnos con que piensen por nosotros, resultará que el mejor periódico es el deportivo, al menos no intentan engañarte, sabes de qué pie cojean.

01 mayo 2006

Volver a Ciudad real, de verdad.

Volver a Ciudad real en el sentido menos cinematográfico es lo que desde hace unos meses estoy experimentando. Llegué a principios de Octubre después de permanecer en otra realidad durante seis años y siento que aún no he terminado de volver porque conjugo un gerundio inagotable en el que las sensaciones de la vuelta no cesan, cuando deje de sentirlas habré vuelto del todo.

Las sensaciones que acontecen son las que se pueden esperar al volver aun lugar donde la cultura se reduce a un elemento de carton que simula un reloj carrillon, ante el cual, cada hora empunto los ciudadanos de esta ciudad impía se paran impertérritos a contemplar su propia ridiculez. Un lugar donde la esencia no cabe porque es inconjugable con el afán capitalista que palpita por sus calles. Un lugar donde la construcción de una sucursal de un hotel de las vegas supone desarrollo y donde las propuestas de ocio se limitan a salir de copas los fines de semana y a unos multicines en los que rara vez se proyecta una película con fines no comerciales.
En definitiva, una urbe cuyos habitantes no conciben la vida sin someterse a un aburguesamiento ayer premeditado, hoy congénito.

Tanta mezquindad me atrapó un día, hace seis años y entonces huí de ella jurando que no volvería nunca jamás, pero los entresijos del alma se revelan impúdicos tendiendote una emboscada contigo mismo, así te das cuenta de que te tienes y decides enfrentarte a tus límites. Mi gran límite era volver. Ahora sé que podría vivir en cualquier parte.

Si pienso en una música de fondo elegiría, sin duda, la canción de Gardel que da título a la película que retrata esta realidad: Volver.
"...pero el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar..."

27 abril 2006

LA Q de Stephenson

La ordenación Q es una técnica utilizada para intentar traducir a términos cuantitativos los conceptos de ajustes entre el Yo real, el Yo ideal y el Yo social propuestos por Rogers. El cuestionario supone ordenar una amplísima serie de cien adjetivos, aunque hay una versión resumida de unos veinticinco, que es la que usé. Se supone que un primer orden será para determinar cómo piensa una persona que es, el Yo real. Una segunda colocación es para evaluar su Yo ideal. Y la tercera ordenación arroja información sobre el Yo social, en este caso la ordenación debe hacerla una persona que nos conozca muy bien. Lo interesante del asunto es mediante unas sencillas fórmulas averiguar los distintos índices de congruencia entre unos y otros Yo. Yo lo hice.

Ante una primera aproximación parece que existe una gran congruencia entre el Yo real y el Yo ideal. No parece pues que pudiese darse algún tipo de `discomfort´ psicológico en palabras de Rogers. No obstante éste puede provenir de una simple pareja de adjetivos que tuviesen sus lugares alterados. También se pueden dar situaciones de trastorno en base a la importancia que sea otorgada a cada uno de los adjetivos. Así, considerarse en primer lugar como simpático es mucho menos importante que el poder describirse como inteligente en primer término en un Yo ideal. La angustia puede provenir de aspectos más cualitativos que cuantitativos. Es obvio que mi falta de un conocimiento profundo de la técnica de Stephenson puede hacerme aparecer como un ignorante. Tal vez en su versión extensa se tengan en cuenta estas cuestiones, quizás diluyendo estos efectos en la lista de cien elementos.

Está claro que la imagen que uno tiene de sí mismo está influida por diversos factores, uno de los más evidentes su propia autoestima. Si ésta es baja la percepción estará sesgada a la baja. Puede que en ese caso los demás puedan tener una visión mejor de ti mismo. Mejor, pero no necesariamente mejorada; más transparente se entiende. En este caso concreto el índice de congruencia entre el Yo real y el que ven los demás, el social, es también muy elevado, no tanto como el índice anterior, pero sí lo suficiente para poder mantener que no hay grandes discrepancias entre uno y otro de los `Yo´.

En un afán de curiosear y averiguar algo más también realicé la correlación entre la tercera y la segunda ordenación, esto es entre el Yo ideal y el Yo social, consiguiendo un ajuste mayor que en el índice ρ(1º-3ª). Este resultado puede ir en la línea de lo comentado anteriormente al respecto de la autoestima baja. Aunque nos movemos en márgenes muy pequeños.

Sin embargo puede dar lugar a reflexiones un tanto más sombrías. Tal vez nos rodeemos de las personas que sabemos que nos van a mirar con `buenos ojos´. Inconscientemente nos agrupamos con los sujetos que sabemos que nos tendrán en mejor consideración. O por el contrario representamos cierto papel ante esas personas, el escenario del mundo que decían Shakespeare y Lope. Una representación que levantamos día tras día perfectamente creíble, impecablemente ejecutada aunque nosotros sabemos la verdad. Moviéndonos entre las aguas de la culpa y el remordimiento deseando que nos desenmascaren y el deseo de seguir con la pantomima y que no vean cuán ruin podemos llegar a ser. Tal vez. Esperemos que sólo sea un problema de autoestima un poco baja y la persona a la que he solicitado su ayuda sea aquella que puede mirar a través de los velos y la niebla. Lo deseo, lo creo, lo sé.