17 julio 2006

La inmortalidad y la moral

Keats, el poeta, dijo que su nombre estaba escrito en el agua.

Vivimos en una época en la hay mucho de todo, donde es imposible encontrar algo único que no sea una mera muesca en el cañón de la estadística. Cualquier ejemplar, es sólo eso, un ejemplar de los muchos que hay repartidos por el mundo. En realidad da igual lo original o poco común que sea, ineludiblemente formará parte de algún grupo o conglomerado. Siempre habrá ejemplares, si no idénticos, sí muy parecidos hasta poder decir que son iguales. Es extremadamente difícil quebrar el molde y sobreponerse como un espécimen diferenciado de los demás. No me refiero a la autoconciencia, al hecho de considerarte a ti mismo como un ente individualizado y diferente al resto.


Así pasan los días, indolentes, planos. Escabuyéndose para luego darnos cuenta de que se han ido, es entonces cuando parece que no era suficiente el tiempo concedido. Como cuando en la playa recoges un puñado de arena y al abrir el puño ves que no quedan mas que unos pocos granos. Pasan los días esperando hacer algo con la vida, que pase algo en la vida, que se levante la inamovible bruma de insensibilidad. Hay quien busca remedio y consuelo en la fama momentánea y efímera que puede durar toda una vida pero quedar enterrada en los abismos de la historia. Creo que este es el motivo de que aparezcan tantos personajes en tantos medios y campos, ocupando y amontonándose sobre periódico, imágenes y bits de información. Saturando.

No obstante puede ser un buen método para conseguir esa preciada inmortalidad, el ser recordado después de desaparecer, el ser rememorado cuando no quede nadie que te recuerde. Algunos quizás busquen esa ansiada salida de la lista de los olvidados. Tal vez entre la ingente cantidad de información que se produce cada día merezca la pena conservar algo de ello y a su autor. Un rescate in extremis para la posteridad. Dado que somos muchos, demasiados, en este planeta simplemente por leyes estadísticas habrá muchos que ya hayan conseguido su hueco. No serán tantos como pensamos pero sí más de lo que nos imaginamos. Es bien cierto, que dar ese breve resplandor que te de acceso a ese parnaso dorado depende de algo más que la calidad artística, influye más el estipendio interpuesto en los sacerdotes correctos. Pero de esto hablaremos otro día.

Tradicionalmente había tres modos de pasar a la inmortalidad, a saber: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. El primero de estos es de acción muy limitada pues se basa en el recuerdo y en la perpetuación de los genes, una aplicación muy naturalista y un tanto mecanicista. El segundo método es igualmente limitado pues no implica poner nada y queda a la discreción del siguiente alcalde faraónico o especulador inescrupuloso. Parece ser entonces, por eliminación, que sólo queda el tercero, pero cómo he dicho – y que comentaré en otra ocasión más detenidamente – las fuerzas que determinan el paso a la posteridad por el arte están demasiado dispersas, muchas veces azarosas cuando no directamente mercenarias. Además no poseo la habilidad ni la calidad suficiente siquiera para entrar en competición, de lo que esta bitácora ofrece silencioso testimonio.

Por supuesto no creo en las tradicionales soluciones religiosas, digamos que no convencen demasiado y no son muy lógicas, además carecen de causas, motivos y les faltan explicar muchas, demasiadas aspectos oscuros y poco claros.

Puede que hubiese una cuarta manera de alcanzar la trascendencia. Se da cuando tu nombre es recordado por tus actos, por tu importancia en los hechos de la Historia. Sin embargo, aquí de nuevo me topo con la falta de poder inherente a mi condición. Tampoco poseo el dinero ni la capacidad de movilizar ejércitos. Carezco además de la influencia que ciertas personas han arrajoda a lo largo de la historia. Influencia carismática que les ha hecho merecedores de miles o millones de seguidores, influyendo y mucho en sus vidas.

De aquí no puedo derivar la capacidad para cambiar el mundo, sería necesaria alguna de las anteriores características, si no todas. Se puede participar en un cambio pero siempre será dirigido, orquestado o refrendado por individuos con las cualidades que se han comentado antes. Cuando los que las poseen no trabajan para el otro lado, para mantener las cosas tal y como están o en acomodo para sus propios intereses. Triste.

No obstante todos, o casi, tenemos el convencimiento de querer cambiar las cosas para mejor, estoy seguro de ello. La lástima es que un enfrentamiento con las poderosas fuerzas del sistema no llevan más que a un olvido por parte de los poderosos, o más cruelmente al cambio de uno mismo; no sólo no se puede cambiar el mundo, éste te cambia a ti mismo. Ante este panorama ya mucha gente se ha rendido, se ha replegado tras sus propias filas y sólo intenta que el mundo no les cambie.

También me resisto a ello, a vivir de forma pasiva, intentando conservarte inmaculado, lleno de creencias vacuas e inaplicables. Refugiado en una torre inexpugnable, pero sin posibilidad de modificar o cambiar nada. Creo que la solución está en lo que ya dijo un autor, literato no filósofo, curiosamente, compórtate de manera que a juicio de los demás no debas morir. Ese es el consuelo para las tropas de a pie, para la infantería sufrida y voluntariosa que sotiene las acciones y los pensamientos de los “poderosos”.

Para mí la clave está en vivir con dignidad, al margen de las circunstancias. Con gravedad, decoro, pundonor, mesura, honradez. Es difícil precisar lo que entiendo por dignidad al margen de consideraciones nobiliarias y clasistas, pero pienso que la lista de sustantivos ayuda a precisar lo que quiero decir. Como dijo aquel todos sabemos lo qué es una cosa hasta que nos piden que la definamos.

Tampoco basta con ser digno uno mismo, se debe intentar que lo sean los demás, sin imponer y sin proselitismos. Por supuesto sin confundir la virtud con el largo de un trozo de tela o el sexo. Sólo así tal vez cuando llegue la hora se pueda permancer de pie, como los valientes, aunque se esté aterrado se la mire a los ojos y la propia Muerte sienta congoja y remordiemiento por hacer su trabajo.

Mi nombre ni siquiera está escrito

No hay comentarios.: