Creo que fue Borges el que acuñó este término, no estoy del todo seguro. Tampoco sé a ciencia cierta a qué se refería con él. Lo leí una vez pero ya hace tiempo que se hundió o disipó entre la ingente cantidad de información que recibimos cada día. No lo recuerdo, es curioso. Aún recuerdo el término pero no la significación que le daba Borges, sé que lo aprendí pero ahora no consigo diferenciar lo que yo añadí a ese concepto, inventado, de lo que era originario del autor o de lo que recuerdo que pensé de la idea. Una profesora me dijo una vez que la cultura es aquello que queda cuando olvidamos todo lo que hemos aprendido. Aunque tampoco consigo recordar si parafraseaba a alguien o era de su propia cosecha, ni siquiera sé si la interpretación de esa frase por mi parte era igual que por la suya. Y es que nunca puedes estar seguro de que lo que escribes o dices sea completamente original, es casi seguro que alguien antes que tú ya lo habrá dicho.
Actualmente en el planeta somos más de seis mil millones de personas, nunca ha habido tantos seres humanos a la vez sobre este planeta. Además debemos contar con toda la historia previa de la humanidad, aunque solamos constreñir nuestra visión a la parte occidental. Aún así, ciñéndonos sólo a los países desarrollados y su historia somos más gente que en cualquier otro momento histórico. Muchas cabezas pensantes en definitiva. Simplemente por un efecto estadístico se podrían dar dos pensamientos completamente idénticos en dos personas completamente diferentes sin ningún nexo de unión. Digan lo que digan estamos en la época en la que más consumo de palabra escrita ha habido. Puede que se limite a diarios deportivos, SMSs y revistas del corazón; pero el número de personas alfabetizadas es ingente tanto en términos absolutos como relativos. Pero no es sólo eso, gracias a esa misma alfabetización y a las facilidades técnicas el escribir es ahora más que nunca un ejercicio sencillo – y no me refiero a la calidad de lo escrito – realizado por el mayor número de gente en la historia. Estoy convencido que en un año se escribe más que en toda la historia anterior de la humanidad hasta el siglo XIX, o le debe andar cerca. No debemos abrumarnos ante tamaña cantidad de información porque ya están las empresas de distribución de información (léase editoriales) prestas a seleccionar qué debe ser leído para nosotros, gracias a sus periódicos y demás medios capaces de influir en sectores más o menos grandes de la opinión pública.
Dada esta situación no es difícil imaginar esa duplicidad de pensamientos, bien sean contemporáneos o duplicidades históricas. Porque es igualmente difícil conocer todo lo escrito desde el comienzo de la historia, por mucho que uno ha leído siempre se quedan cosas fuera. Además cualquier solapamiento de ideas en estos casos es demoledor. Aunque me queje de lo comercial que es el mundo literario se supone que sólo trasciende lo grandioso, lo mejor, lo más excelso, al menos lo que se acuerda como tal. En esa situación se ve la propia tarea como fútil, aparece siempre la duda de por qué escribir algo que ya otro hizo y además mejor. Alguien dijo que quizás consiste en eso en contarlo a tu manera, porque tienes que escribirlo. Tal vez sea un consuelo para el que tenga ciertas cualidades y habilidades pero para otros no, no para los que acrecemos de ellas.
Hay quienes tenemos la habilidad e incluso un dominio moderado de la técnica, pero siempre nos faltará esa chispa, ese don, la musa, que separa a los diletantes de los talentosos. Casi es la misma situación que definía Sherlock Holmes respecto a su hermano Mycroft, aún siendo superior a él le faltaba ambición y energía. Determinada característica, esa energía, que te haga brillante, conmovedor y así perdurable. Esto suponiendo el dominio de la técnica y la habilidad. Si no es así, la situación es todavía más angustiosa. Hay que imaginar entonces a un niño, un niño orondo, gordo, con la cara pegada eternamente al escaparate de una pastelería, salivando por lo que allí ve. Desea y aprecia de verás los dulces expuestos pero es incapaz de fabricarlos.
Quizá hay un problema en que el niño no suele representar a la mayoría de émulos de escritores. En su arrogancia se permiten pensar que pueden firmar algo comparable a lo que admiran. Como en todos los escritores noveles los primeros escritos son lamentables. Como la mayoría de los malos autores no nos damos de ello, seguros con nuestra altanería de que el simple acto de crear da cierto valor a los indignos abortos que alumbramos. Pero es peor todavía cuando no se es consciente y nos empeñamos en hacer públicos esos excrementos literarios por diversos medios, colgándolo en la Red para autocomplacerse o llegando a autoeditarse.
Los resignados al final se convierten en lectores puros, acercándose a la literatura sin prejuicios, sin esperar nada, sólo queriendo encontrar lo que no pueden crear. Deseosos de vivir lo ajeno, de sentir lo extraño, sin crítica, sin muros de esnobismo, sin celdas de academicismo. Ya sin crear nada, construyendo sólo a partir del texto de otro. Desechando lo irrelevante y anodino y apropiándose de lo brillante y conmovedor hasta olvidar que lo han leído.
Creo que cada día soy más puro a pesar de mis esfuerzos.
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